La idea fue simple: un frasco de crema de cacahuate y dejar que pasara lo que tuviera que pasar.
No hubo poses ni instrucciones, solo curiosidad, ansiedad, lenguas fuera de cuadro y miradas muy concentradas.
Cada perro resolvió el momento a su manera. Algunos con calma, otros con urgencia. La cámara solo siguió esas reacciones, intentando no interrumpir.
Fue una sesión divertida, breve y caótica, donde las mejores expresiones aparecieron cuando nadie estaba tratando de hacer “la foto”.






















